La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau ¡Pobres bestias! Empezaba a comprender el aspecto más vil de la crueldad de Moreau. Hasta entonces no había pensado en el dolor y en las penalidades que aguardaban a estas pobres víctimas luego de pasar por las manos de Moreau. Me estremecía de sólo pensar en los días de tormento en el recinto. Y, sin embargo, eso me pareció entonces lo menos importante.
Anteriormente, aquellos Monstruos habían sido bestias, con sus instintos perfectamente adaptados al entorno, y eran felices como cualquier ser vivo. Ahora habían topado con los grilletes de la humanidad y vivían en constante temor, atormentados por una Ley que no acertaban a comprender. Su remedo de existencia humana comenzaba con una terrible agonía y continuaba con una larga lucha interior y el permanente miedo a Moreau. Y todo ¿para qué? Era la crueldad del conjunto lo que me sublevaba.
De haber tenido Moreau un fin comprensible, tal vez hubiera simpatizado con él, cuando menos un poco. No soy tan escrupuloso con respecto al dolor. Incluso podría haberlo perdonado. Pero Moreau parecía tan irresponsable, tan profundamente irreflexivo... Su curiosidad, sus insensatas e inútiles investigaciones lo empujaban a continuar ni él mismo sabía adónde, a arrojar a la vida a esas pobres criaturas, por espacio de uno o dos años para luchar, equivocarse, sufrir y, en última instancia, morir con dolor.