La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau –¿Y qué tiene eso de bueno? Soy un proscrito. ¿Adónde voy a ir? Usted lo ve todo muy bien, Prendick. ¡Pobre Moreau! No podemos dejarlo en esta isla para que profanen sus huesos. Además, ¿qué va a ser de los Salvajes buenos?
–Está bien. Mañana nos ocuparemos de ello. He pensado que podrÃamos hacer una pira e incinerar su cuerpo. Y respecto a esas otras cosas... ¿Qué pasará con los Salvajes?
–No lo sé. Supongo que los que descienden de animales de presa acabarán como fieras tarde o temprano. Pero no podemos matarlos a todos. ¿No? Imagino que es eso lo que «sus» sentimientos humanitarios le sugieren... Pero cambiarán. Estoy seguro.
Continuó asÃ, sin decir nada en claro, hasta que perdà la paciencia.
–¡Maldición! –exclamó malhumorado–. ¿No se da cuenta de que mi situación es mucho más difÃcil? –Se levantó y fue a buscar el coñac. Luego volvió y dijo–: ¡Beba!
¡Especie de santo ateo, destructor de la lógica! ¡Beba!