La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau –No quiero –respondÃ. Y continué sentado con solemnidad, observando su rostro bajo el fulgor amarillento de la parafina, mientras la embriaguez lo sumÃa en un estado de locuaz tristeza. Lo recuerdo como algo infinitamente aburrido. Luego pasó a hacer una sensiblera apologÃa de M'ling y los Salvajes.
Dijo que M'ling era el único ser que se habÃa preocupado por él. Entonces se le ocurrió una idea luminosa.
–¡Seré estúpido! –dijo, poniéndose en pie y agarrando la botella de coñac. Una súbita intuición me hizo adivinar cuál era su propósito.
–¡No se le ocurra dar alcohol a esa bestia! –exclamé, levantándome y haciéndole frente.
–¿Bestia? –dijo–. Usted es la bestia. Él bebe como todo hijo de vecino. ¡QuÃtese de en medio, Prendick! –¡Por el amor de Dios! –exclamé.
–¡QuÃtese... de en medio! –rugió, sacando el revólver de repente.
–Muy bien –dije, y me aparté con la intención de lanzarme sobre él en cuanto pusiera la mano en el picaporte. Pero renuncié a ello al recordar que tenÃa un brazo roto–. Se ha convertido en un Salvaje. ¡Váyase con las bestias!