La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Me arrodillé a su lado y le ayudé a levantar la cabeza. Volvió a abrir los ojos, mirando en silencio el amanecer, y su mirada se cruzó con la mÃa. Sus párpados cayeron.
–Lo siento –dijo con gran esfuerzo. ParecÃa que intentaba pensar–. Es el fin –murmuró–, el fin de este estúpido mundo. ¡Qué desastre!
Yo escuchaba. Su cabeza cayó hacia un lado. Pensé que un trago podrÃa reanimarlo, pero no tenÃa a mi alcance bebida alguna ni recipiente en que traerla. De pronto su cuerpo me pareció más pesado. Se me heló el corazón.
Me incliné sobre su rostro y metà la mano por la camisa desgarrada. Estaba muerto y, mientras morÃa, una lÃnea al rojo vivo, el limbo del sol, ascendió por levante más allá de la bahÃa, esparciendo sus rayos por el cielo y transformando el oscuro mar en un torbellino de luz cegadora que glorificaba su rostro contraÃdo por la muerte.