La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau La actitud asustadiza y servil de aquella criatura era propia de un perro. Retrocedió un poco, como un perro ahuyentado, y se detuvo, mirándome con ojos suplicantes.
–¡Márchate! –repetÖ. Note acerques.
–¿No puedo acercarme a ti? –preguntó.
–¡No! Márchate –insistÃ, haciendo sonar el látigo. Luego, sosteniendo el látigo con los dientes, me agaché para coger una piedra y, amenazándolo con ella, logré que se alejase.
AsÃ, a solas, llegué hasta el barranco de los Monstruos y, escondido entre las hierbas y los juncos que lo separaban del mar, los observé a medida que iban apareciendo, intentando juzgar por su actitud y sus gestos en qué medida les habÃa afectado la muerte de Moreau y de Montgomery y la destrucción de la Casa del Dolor. Entonces comprendà el desatino de mi cobardÃa. Si hubiera tenido el mismo valor que al amanecer, si no hubiera permitido que se disipara en reflexiones solitarias, podrÃa haberme adueñado del cetro vacante de Moreau y dominar a los Monstruos. Pero habÃa perdido la oportunidad, y habÃa descendido al rango de simple lÃder de mis iguales.