La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Hacia el mediodía, algunos se tumbaron al sol sobre la arena caliente. La imperiosa voz del hambre y de la sed prevalecía sobre mis temores. Salí de mi escondite entre los matorrales y, revólver en mano, descendí hacia donde estaban sentadas aquellas criaturas.
Una de ellas, una Mujer Lobo, volvió la cabeza y me miró con asombro; los demás la imitaron. Ninguno hizo ademán de levantarse o saludar. Estaba demasiado débil y cansado para enfrentarme a tantos, y dejé pasar la ocasión.
–Quiero comer –dije, casi disculpándome, mientras me acercaba a ellos.
–Hay comida en las cabañas –dijo un Oso jabalí medio dormido, volviendo la cabeza hacia otro lado.
Pasé por delante de ellos y me adentré en la sombra y los hedores del barranco casi desierto. En una cabaña vacía me di un festín de fruta y, tras tapar la puerta con unas ramas medio podridas, me coloqué frente a ella con la mano sobre el revólver. La fatiga de las últimas treinta horas empezaba a dejarse sentir, y caí en un ligero sopor, con la esperanza de que mi frágil barricada hiciera el ruido suficiente para evitarme cualquier sorpresa desagradable si alguien la derribaba.