La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau –Y para que sus pecados puedan multiplicarse –añadÖ, dejemos que vivan su locura hasta que les llegue la hora. Que no sepan aún que yo soy el Maestro.
–La voluntad del Maestro es buena –dijo el Hombre Perro con el instinto de su sangre canina.
–Pero hay uno que ha pecado –dije yo–. A ése lo mataré en cuanto lo encuentre.
Cuando te diga «éste es», abalánzate sobre él. Y ahora iré junto a los hombres y mujeres que están reunidos.
Al marcharse el Hombre Perro, la entrada de la cabaña quedó momentáneamente oscurecida. En seguida me puse en pie, casi en el mismo sitio donde estaba cuando oà a Moreau y a su sabueso persiguiéndome. Pero esta vez era de noche, el miasmático barranco que me rodeaba estaba envuelto en la negrura y, más allá, en lugar de una verde ladera iluminada por el sol, vi la luz roja de una hoguera ante la que se movÃan unas figuras grotescas y encorvadas. A lo lejos se alzaban los densos árboles, una masa negra bordeada en su parte superior por el negro manto de las ramas más altas. La luna asomaba en ese instante por el borde del barranco, atravesada por las perpetuas columnas de vapor que brotaban sin cesar de las fumarolas de la isla.