La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau La criatura parecÃa de fiar, de lo contrario se habrÃa abalanzado sobre mà mientras dormÃa.
–Está bien –dije, extendiendo la mano para que me la lamiera otra vez. Empecé a darme cuenta de lo que su presencia significaba para mÃ, y mi valor creció como la espuma–. ¿Dónde están los demás? –pregunté.
–Se han vuelto locos, están chiflados –dijo el Hombre Perro–. Andan todos hablando al mismo tiempo por ahÃ. Dicen: «El Maestro ha muerto; el del Látigo ha muerto. El que camina sobre las aguas es ... como nosotros. Ya no hay Maestro, ni Látigos, ni Casa del Dolor. Se acabó. Amamos la Ley y la respetaremos, pero ya no habrá más dolor, ni Maestro, ni Látigo». Eso es lo que dicen. Pero yo sé la verdad, Maestro, yo la sé.
Tanteé en la oscuridad y acaricié la cabeza del Hombre Perro.
–Está bien –volvà a decir.
–Y ahora los matarás a todos –dijo el Hombre Perro.
–Sà –contesté–, los mataré a todos; en cuanto pasen unos dÃas y se produzcan ciertos hechos. Todos, menos los que tú perdones, morirán.
–Cuando el Maestro quiere matar, mata –dijo el Hombre Perro con cierta satisfacción.