La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Entonces llegó un dÃa, un maravilloso dÃa, que pasé en completo éxtasis. Hacia el sudeste divisé una vela, una vela minúscula como la de una goleta pequeña, y al momento encendà una gran hoguera de ramas, y me quedé junto a ella, vigilando, pese al calor del fuego y al calor del sol de mediodÃa. Observé aquella vela durante el dÃa entero, sin comer ni beber nada, hasta el punto de que la cabeza empezó a darme vueltas; los Monstruos se me acercaban, me miraban con asombro y se marchaban. El barco aún estaba lejos cuando desapareció en la oscuridad de la noche; trabajé con ahÃnco durante toda la noche para mantener vivo el fuego, y sus llamas se elevaban altas y resplandecientes mientras los maravillados ojos de los Monstruos brillaban en las tinieblas. Al alba, el barco estaba más cerca, y pude distinguir la vela sucia de una pequeña embarcación. TenÃa la vista cansada tras las largas horas de observación y, aunque me esforzaba por ver con claridad, no podÃa creer lo que estaba viendo. HabÃa dos hombres a bordo, uno en la proa y el otro al timón. Pero el barco navegaba de un modo extraño. La proa no se mantenÃa al viento, sino que avanzaba dando guiñadas.