La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Cuando clareó el día, me puse a hacerles señas agitando el último jirón de mi chaqueta; pero no me vieron y siguieron sentados uno frente a otro. Fui hasta la punta del promontorio, gesticulando y gritando sin obtener respuesta, mientras el barco continuaba sin rumbo fijo, acercándose lenta, muy lentamente, a la bahía. De repente, sin que ninguno de los dos hombres hiciera el menor movimiento, un enorme pájaro blanco alzó el vuelo desde la embarcación, describió un círculo y pasó volando por encima de mi cabeza con sus poderosas alas extendidas.
Entonces dejé de gritar, me senté en el promontorio y, apoyando la barbilla entre las manos, continué mirando la extraña embarcación. Despacio, muy despacio, el barco derivaba hacia el oeste. Podría haber nadado hasta alcanzarlo, pero una especie de temor impreciso me retuvo. Por la tarde, la corriente lo arrastró hasta la arena, a unos cien metros al oeste del recinto en ruinas.