La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau –Esto cambia un poco las cosas, señor Prendick –dijo con un poquito más de respeto–. Da la casualidad de que todos los que estamos aquà somos biólogos. Esto es, en cierto modo, una estación biológica –dijo. Y posó su mirada sobre los hombres de blanco, muy ocupados en arrastrar al puma, instalado sobre unas ruedecillas, hacia el recinto de piedra–. Al menos, Montgomery y yo –añadió.
Y acto seguido dijo:
–No puedo decirle cuándo podrá irse de aquÃ. Estamos muy lejos de todo. Sólo vemos pasar un barco cada doce meses.
Me dejó bruscamente, subió por la loma, pasando por delante del grupo, y entró en el recinto. Los otros dos hombres estaban con Montgomery, apilando un montón de paquetes pequeños en una carretilla. La llama seguÃa en la lancha, con las conejeras, y los perros aún estaban atados a la bancada. Cuando terminaron de apilar los bultos, los tres hombres agarraron la carretilla y empezaron a arrastrar la tonelada de peso detrás del puma. Montgomery se alejó de ellos y, volviendo hacia mÃ, me tendió la mano.
–Me alegro, por lo que me toca. Ese capitán era un pobre burro. DeberÃa haberle facilitado las cosas –dijo.
–Ha vuelto a salvarme –respondÃ.