La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau –Eso depende. Pronto verá que esta isla es un lugar infernal, se lo aseguro. Yo de usted me andarÃa con cuidado. Él... –vaciló, y pareció cambiar de opinión sobre lo que estaba a punto de decir–. Écheme una mano con los conejos –dijo.
Su modo de proceder con los conejos resultó muy curioso. Me metà en el agua con él y le ayudé a transportar una de las conejeras hasta la playa. Acto seguido abrió la puerta e, inclinando la caja por uno de los extremos, vertió sobre la arena su viviente contenido.
Los conejos, unos veinte, cayeron unos encima de otros. Luego dio unas palmadas y todos se dispersaron corriendo a saltitos por la playa.
–¡Creced y multiplicaos, amigos mÃos! –exclamó Montgomery–. Poblad la isla.
Hasta ahora andábamos algo escasos de carne.
Mientras los veÃa alejarse, el hombre del pelo blanco regresó con una petaca de coñac y unas galletas.
–Un tentempié, Prendick –dijo en tono algo más amistoso que antes.
Yo no hice ningún comentario. Me limité a dar buena cuenta de las galletas mientras el hombre del pelo blanco ayudaba a Montgomery a liberar a otra veintena de conejos.
No obstante, tres conejeras grandes fueron llevadas hasta la casa con el puma. El coñac ni lo probé, pues siempre he sido abstemio.