La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau –Yo también he pensado en ello –respondió Montgomery–. Queda mi habitación con puerta al exterior.
–¡Eso es! –se apresuró a decir el anciano, mirando a Montgomery.
Y los tres nos dirigimos hacia el recinto de piedra. Luego continuó:
–Siento ser tan misterioso, señor Prendick, pero recuerde que nadie lo ha invitado.
Nuestro establecimiento encierra un par de secretos; en realidad es una especie de cámara de Barba Azul. Nada terrible para un hombre en su sano juicio. Pero aún no sabemos quién es usted.
–Decididamente, serÃa estúpido si me sintiera ofendido por su desconfianza.
Esbozó una débil sonrisa –era una de esas personas taciturnas que sonrÃen con las comisuras de los labios hacia abajo– e inclinó la cabeza en reconocimiento a mi habilidad. HabÃamos pasado la entrada principal del recinto: una pesada puerta de madera con marco de hierro, ante la cual se amontonaba la carga del barco. Al llegar a la esquina nos encontramos con una puerta pequeña en la que no habÃa reparado hasta entonces. El hombre del pelo blanco sacó un manojo de llaves del bolsillo de su mugrienta chaqueta azul, abrió la puerta y entró. La expresión de sus ojos y las complicadas medidas de seguridad del lugar, llamaron mi atención.