La Isla del Dr. Moreau

La Isla del Dr. Moreau

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Lo seguí hasta una pequeña habitación, sencilla, aunque confortablemente amueblada, con una puerta interior ligeramente entornada, que daba a un patio empedrado.

Montgomery la cerró de inmediato. En el rincón más oscuro de la habitación había una hamaca y una ventana pequeña y sin cristal, protegida por unos barrotes de hierro, que miraba hacia el mar.

El hombre del pelo blanco me explicó que aquella sería mi habitación y que la puerta interior se cerraría desde fuera, «para evitar accidentes», según dijo. Señaló una tumbona que había junto a la ventana y un montón de libros viejos, principalmente obras de cirugía y ediciones de los clásicos latinos y griegos –cuya lengua no podía leer con facilidad–, apilados en una estantería cerca de la hamaca. Salió de la habitación por la puerta exterior, como para no tener que abrir de nuevo la otra.

–Normalmente comemos aquí –dijo Montgomery; y luego, como si dudara, salió detrás del otro. Oí que lo llamaba Moreau, y en aquel momento no caí en la cuenta.

Luego, mientras ojeaba los libros de la estantería, me vino a la mente: ¿dónde había oído yo el nombre de Moreau?

Me senté junto a la ventana, saqué las galletas que me quedaban y las comí con excelente apetito.


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