La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Por la ventana vi a uno de los numerosos hombres de blanco que arrastraba una caja por la playa. Luego el marco de la ventana lo ocultó de mi vista. Poco después oí que alguien introducía una llave en la cerradura y cerraba la puerta. Al cabo de un rato, a través de la puerta cerrada, oí a los perros, que ya habían llegado de la playa. No ladraban, pero olfateaban y gruñían de un modo extraño. Oí sus rápidas pisadas y la voz de Montgomery apaciguándolos.
Estaba muy impresionado por la misteriosa discreción de los dos hombres con respecto al contenido de aquel lugar y durante algún tiempo no paré de pensar en ello y en lo familiar que me resultaba el nombre de Moreau. Pero así es la memoria humana, y en ese momento no fui capaz de relacionar debidamente aquel nombre famoso. Mis pensamientos pasaron a la indescriptible rareza del hombre deforme y envuelto con vendas blancas que nos esperaba en la playa.
Jamás había visto semejantes andares ni movimientos tan extraños como los que él hacía al arrastrar la caja. Luego recordé que ninguno de ellos me había dirigido la palabra, aunque a todos los había sorprendido mirándome furtivamente en algún momento. Me preguntaba qué idioma hablarían. Parecían muy taciturnos, y hablaban con voces misteriosas. ¿Qué les pasaba? Entonces recordé la mirada del torpe ayudante de Montgomery.