La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Me volví bruscamente y escruté entre los inciertos árboles. Una sombra negra parecía fundirse con otra. Escuché, con el cuerpo en tensión, sin oír nada más que el zumbido de la sangre en mis oídos. Pensé que tenía los nervios destrozados y que la imaginación me engañaba, y giré con decisión hacia el sonido del mar.
Al cabo de un minuto los árboles se dispersaron y me encontré en un promontorio desprovisto de vegetación que se adentraba en las aguas sombrías. La noche era serena y clara, y el reflejo de la creciente multitud de estrellas temblaba en el suave vaivén del mar. Mar adentro, el remolino que formaba el agua sobre la franja de un arrecife brillaba con luz pálida y propia. Divisé hacia poniente la luz zodiacal 2 que se fundía con el resplandor amarillo de la estrella vespertina. La costa se perdía en la distancia hacia levante, y se ocultaba en poniente tras la punta del cabo. Recordé entonces que la playa de Moreau se encontraba al oeste.
Una rama se quebró a mis espaldas y luego se oyó un crujido. Me volví hacia los árboles oscuros. No veía nada –o veía demasiado–. Cada forma oscura cobraba bajo aquella luz un aspecto siniestro, con su peculiar insinuación de alerta. Me quedé inmóvil por espacio de un minuto y, acto seguido, sin apartar la vista de los árboles, me dirigí hacia poniente para cruzar el promontorio. Una de las sombras al acecho, se deslizó tras de mí.