La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau El corazón me latía con fuerza. Divisé la amplia curva de una bahía al oeste y me detuve de nuevo. La sombra silenciosa se detuvo a doce metros de mí. Un pequeño punto luminoso brillaba en el recodo más alejado de la bahía y la curva gris de la playa se apreciaba débilmente bajo la tenue luz de las estrellas. El punto luminoso se hallaba a unos tres kilómetros. Para alcanzar la playa debía caminar entre los árboles, donde acechaban las misteriosas sombras, y entre los matorrales.
Ahora veía a la Cosa con más claridad. No era un animal, pues caminaba erguido.
Abrí la boca con intención de hablar, pero una flema me ahogó la voz. Lo intenté de nuevo y grité:
–¿Quién anda ahí?
No hubo respuesta. Avancé un paso. La Cosa no se movió; simplemente se agazapó.
Tropecé con una piedra.
Y eso me dio una idea. Sin apartar los ojos de la forma negra que tenía delante, me agaché y cogí el trozo de roca. Pero, al moverme, la Cosa se volvió bruscamente, como un perro, y se escabulló en la oscuridad. Recordé un truco infantil contra los perros: envolví la piedra en mi pañuelo y me lo até a la muñeca. Percibí un movimiento entre las sombras, como si la Cosa se batiera en retirada. La tensión emocional cedió de repente; una vez puesto en fuga mi adversario y con un arma en la mano, empecé a sudar y a temblar.