La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau En cuestión de segundos me agarró por el hombro con una mano ensangrentada, me hizo girar sobre mis pies y, levantándome como si fuera un niño, me arrojó de cabeza a mi habitación. Caí cuan largo era sobre el suelo, mientras la puerta se cerraba de golpe, ocultando su rostro alterado. Al instante oí una llave que giraba en la cerradura y las protestas de Montgomery.
–¡El trabajo de toda una vida, arruinado! –dijo Moreau.
–Él no lo comprende –respondió Montgomery, y siguió diciendo algo inaudible para mí.
–Ahora no tengo tiempo que perder –replicó Moreau.
El resto no conseguí oírlo. Me levanté y me quedé allí, temblando, mientras los más terribles presentimientos en mi mente bullían. ¿Era posible hacerle la vivisección a un ser humano? Aquella pregunta brilló como un relámpago en mitad de la tormenta. Y de pronto, el vago horror de mi mente se condensó en la nítida comprensión del peligro en que me hallaba.