La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Me quedé allí bastante tiempo, demasiado asustado para moverme, demasiado aterrorizado siquiera para trazar un plan de acción. El agreste paisaje que me rodeaba dormía silenciosamente bajo el sol y no se oía nada salvo el débil zumbido de unos diminutos mosquitos que me habían descubierto. Poco después percibí un ruido sordo: el rumor del mar en la playa.
Al cabo de aproximadamente una hora oí la voz de Montgomery que me llamaba desde muy lejos, en dirección norte. Eso me hizo pensar en mi plan de acción. Según deduje entonces, la isla sólo estaba habitada por los dos vivisectores y sus víctimas, algunas de las cuales podían sin duda ser obligadas a atacarme, llegado el caso. Sabía que tanto Moreau como Montgomery llevaban revólveres, mientras que yo, a excepción de una endeble estaca con un clavo en la punta, una ridícula parodia de maza, estaba desarmado.
Así pues, me quedé donde estaba hasta que empecé a pensar en comida y agua.
Comprendí que me encontraba en una situación desesperada. No sabía qué hacer para encontrar algo de comer; desconocía por completo la botánica, lo que me impedía aprovechar cualquiera de las raíces o los frutos que allí crecían. Tampoco tenía medios para cazar los escasos conejos que había en la isla. Cuantas más vueltas le daba al asunto, más negro me parecía.