La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Alcé la estaca con el clavo en la punta y le corté la cara, pero dio un salto atrás. Tras un instante de vacilación, me di la vuelta y huà a toda velocidad, doblando la esquina de la casa.
–¡Prendick! ¡No sea estúpido! –me gritó, lleno de asombro.
Un minuto más, pensé, y estarÃa condenado como una cobaya. Montgomery dobló la esquina, pues lo oà gritar:
–¡Prendick!
Luego se lanzó en mi persecución, sin dejar de gritar mientras corrÃa.
Esta vez corrà desaforadamente hacia el noroeste, en ángulo recto con respecto al camino que habÃa tomado en mi anterior expedición. En una ocasión, mientras corrÃa a toda velocidad playa arriba, volvà la cabeza y vi que su ayudante lo acompañaba. Subà la cuesta a toda prisa y me desvié hacia el este por un valle rocoso flanqueado a ambos lados por la jungla. Recorrà más de un kilómetro sin parar, con una gran opresión en el pecho y el pulso latiéndome en los oÃdos, hasta que dejé de oÃr a Montgomery y a su ayudante, y, al borde del agotamiento, volvà sobre mis pasos hacia la playa –al menos, eso creà entonces– y me tumbé al abrigo de unas cañas.