La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Ya no me sentía aterrorizado ni desgraciado. Era como si hubiese traspasado el límite del terror y la desesperación. Pensaba que mi vida estaba prácticamente perdida, y eso me hacía capaz de cualquier cosa. En cierto modo tenía ganas de encontrarme con Moreau cara a cara. Mientras iba vadeando el río pensé que si llegaba a sentirme realmente acorralado, me quedaba al menos una vía para escapar del tormento: no podrían evitar que me ahogase. Estuve a punto de hacerlo en ese momento, pero el extraño deseo de ver cómo terminaba la aventura, un incomprensible interés por mí mismo como protagonista, me lo impidió. Estiré las piernas, entumecidas y doloridas por los arañazos de las plantas, y observé los árboles que me rodeaban; y de pronto, como si saltase de la verde maraña vegetal, mis ojos se posaron en un rostro negro que me observaba atentamente.
Era la simiesca criatura que aguardaba a la lancha en la playa. Estaba subido al tronco oblicuo de una palmera. Empuñé la estaca y le hice frente. Empezó a balbucear. «Tú, tú, tú...» fue lo único que logré entender en un principio. De pronto, saltó del árbol, apartó el follaje y me miró con curiosidad.
Aquella criatura no me produjo la misma repugnancia que los otros Salvajes.
–Tú, en el bote –dijo.
Era un hombre –al menos, tan humano como el ayudante de Montgomery–, puesto que podía hablar.