La Isla del Dr. Moreau

La Isla del Dr. Moreau

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–Sí. Yo vine en el bote. Desde el barco –respondí.

–¡Ah! –dijo él, y recorrió con la mirada brillante e inquieta mis manos, la estaca que llevaba, mis pies, mi ropa hecha jirones y los cortes y arañazos que me había hecho con los espinos. Parecía sorprendido por algo. Sus ojos volvieron a posarse en mis manos. Entonces sacó la mano y, muy despacio, contó los dedos:

–Uno, dos, tres, cuatro, cinco, ¿eh?

En ese momento no entendí lo que quería decir. Más tarde supe que gran parte de los Salvajes tenía las manos malformadas, y a algunos les faltaban hasta tres dedos. No obstante, intuyendo que aquello era en cierto modo un saludo, hice lo mismo a modo de respuesta y él sonrió abiertamente con inmensa satisfacción. Luego, volvió a lanzar una inquietante mirada a su alrededor, efectuó un rápido movimiento y desapareció. Las frondas de los helechos, que había mantenido apartadas durante su aparición, volvieron a cerrarse con un rumor de hojas frescas.

Salí corriendo tras él y me quedé atónito al verlo columpiarse alegremente en una liana que colgaba de los árboles, sujetándose con un brazo delgado. Estaba de espaldas a mí.

–¡Hola! –dije.

Descendió de un salto, girando en el aire, y se quedó de pie frente a mí.


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