La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Intenté descifrar lo que había querido decir con eso, pero creo que lo aburrí. Tras un par de preguntas más, se apartó bruscamente de mi lado y dio un salto para coger un fruto que colgaba de un árbol. Se hizo con un manojo de vainas espinosas y comenzó a devorar su contenido. Lo observé con satisfacción. ¡Al menos había algo con que alimentarse!
Seguí interrogándolo, pero sus respuestas eran casi siempre escuetas y nada tenían que ver con mis preguntas. Algunas tenían sentido, otras eran las respuestas de un loro.
Tan atento iba a todos estos detalles que apenas me fijé en qué camino seguíamos.
Llegamos a un lugar donde había árboles carbonizados y negros, y luego a un espacio desprovisto de vegetación y cubierto por una costra blanca amarillenta, sobre la cual circulaba una humareda acre que irritaba los ojos y las fosas nasales. A nuestra derecha, por encima de un peñasco desnudo, divisé el mar azul. El camino descendía bruscamente, serpenteando por un angosto barranco entre dos intrincadas masas de escoria negruzca.
Nos adentramos por él.
El pasaje resultaba muy oscuro, en contraste con el resplandor cegador del terreno sulfuroso. Las paredes ascendían en vertical, acercándose la una a la otra. Manchas de color granate y verde desfilaban ante mis ojos. Mi guía se detuvo de improviso: