La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Me acerqué hasta la otra esquina y me puse en cuclillas. Acepté el coco y comencé a mordisquearlo intentando parecer sereno, pese al terror que sentÃa y a la casi insoportable oscuridad del agujero. La criatura con aspecto de perezoso apareció en la entrada de la cabaña, seguido de otra cosa de rostro inexpresivo y ojos brillantes que me miraba de soslayo.
–¡Eh! –dijo el misterioso bulto que habÃa enfrente.
–¡Es un hombre, un hombre, un hombre, un hombre vivo, como yo! –farfulló mi guÃa.
–¡Cállate! –gritó la otra voz desde la oscuridad, lanzando un gruñido. Yo seguà mordisqueando el coco en medio de un impresionante silencio. Me esforzaba por escrutar en la oscuridad, pero no lograba distinguir nada.
–¡Es un hombre! –repitió la voz–. ¿Viene a vivir con nosotros?
Era una voz grave, pero habÃa en ella algo peculiar: una especie de silbido que llamó mi atención; sin embargo, su acento inglés era asombrosamente correcto.
El Hombre Mono me miró con expectación. Comprendà que su silencio era una interrogación.
–Viene a vivir con vosotros –dije.
–Es un hombre. Debe aprender la Ley.