La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Desperté a Weena y nos adentramos en el bosque, ahora verde y agradable, en lugar de negro y aborrecible. Encontramos algunas frutas con las cuales rompimos nuestro ayuno. Pronto encontramos a otros delicados Eloi, riendo y danzando al Sol como si no existiera en la Naturaleza esa cosa que es la noche. Y entonces pensé otra vez en la carne que habÃa visto. Estaba ahora seguro de lo que era aquello, y desde el fondo de mi corazón me apiadé de aquel último y débil arroyuelo del gran rÃo de la Humanidad. Evidentemente, en cierto momento del Largo Pasado de la decadencia humana, el alimento de los Morlocks habÃa escaseado. Quizá habÃan subsistido con ratas y con inmundicias parecidas. Aun ahora el hombre es mucho menos delicado y exclusivo para su alimentación que lo era antes; mucho menos que cualquier mono. Su prejuicio contra la carne humana no es un instinto hondamente arraigado. ¡Asà pues, aquellos inhumanos hijos de los hombres...! Intenté considerar la cosa con un espÃritu cientÃfico. Después de todo, eran menos humanos y estaban más alejados que nuestros canÃbales antepasados de hace tres o cuatro mil años. Y la inteligencia que hubiera hecho de ese estado de cosas un tormento habÃa desaparecido. ¿Por qué inquietarme? Aquellos Eloi eran simplemente ganado para cebar, que, como las hormigas, los Morlocks preservaban y consumÃan, y a cuya crÃa tal vez atendÃan. ¡Y allà estaba Weena bailando a mi lado!