La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Creo que fue después de aquello cuando llegué a un pequeño patio abierto del palacio. Estaba tapizado de césped y habían crecido tres árboles frutales en su centro. De modo que descansamos y nos refrescamos allí. Hacia el ocaso empecé a pensar en nuestra situación. La noche se arrastraba a nuestro alrededor y aún tenía que encontrar nuestro inaccesible escondite. Pero aquello me inquietaba ahora muy poco. Tenía en mi poder una cosa que era, quizá, la mejor de todas las defensas contra los Morlocks: ¡tenía cerillas!
Llevaba también el alcanfor en el bolsillo, por si era necesario una llamarada. Me parecía que lo mejor que podíamos hacer era pasar la noche al aire libre, protegido, por el fuego. Por la mañana recuperaría la Máquina del Tiempo. Para ello, hasta entonces, tenía yo solamente mi maza de hierro. Pero ahora, con mi creciente conocimiento, mis sentimientos respecto a aquellas puertas de bronce eran muy diferentes. Hasta aquel momento, me había abstenido de forzarlas, en gran parte a causa del misterio del otro lado. No me habían hecho nunca la impresión de ser muy resistentes, y esperaba que mi barra de hierro no sería del todo inadecuada para aquella obra.