La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Mientras vacilábamos, vi entre la negra maleza, a nuestra espalda, confusas en la obscuridad, tres figuras agachadas. HabÃa matas y altas hierbas a nuestro alrededor, y yo no me sentÃa a salvo de su ataque insidioso. El bosque, según mi cálculo, debÃa tener menos de una milla de largo. Si podÃamos atravesarla y llegar a la ladera pelada, me parecÃa que encontrarÃamos un sitio donde descansar con plena seguridad; pensé que con mis cerillas y mi alcanfor lograrÃa iluminar mi camino por el bosque. Sin embargo, era evidente que si tenÃa que agitar las cerillas con mis manos deberÃa abandonar mi leña; asà pues, la dejé en el suelo, más bien de mala gana. Y entonces se me ocurrió la idea de prenderle fuego para asombrar a los seres ocultos a nuestra espalda. Pronto iba a descubrir la atroz locura de aquel acto; pero entonces se presentó a mi mente como un recurso ingenioso para cubrir nuestra retirada.