La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Entretanto, un cambio peculiar se efectuaba en el aspecto de las cosas. La palpitación grisácea se tornó obscura; entonces —aunque estaba yo viajando todavÃa a una velocidad prodigiosa— la sucesión parpadeante del dÃa y de la noche, que indicaba por lo general una marcha aminorada, volvió cada vez más acusada. Esto me desconcertó mucho al principio. Las alternativas de dÃa y de noche se hicieron más y más lentas, asà como también el paso del Sol por el cielo, aunque parecÃan extenderse a través de las centurias. Al final, un constante crepúsculo envolvió la Tierra, un crepúsculo interrumpido tan sólo de vez en cuando por el resplandor de un cometa en el cielo entenebrecido. La faja de luz que señalaba el Sol habÃa desaparecido hacÃa largo rato, pues el Sol no se ponÃa; simplemente se levantaba y descendÃa por el oeste, mostrándose más grande y más rojo. Todo rastro de la Luna se habÃa desvanecido. Las revoluciones de las estrellas, cada vez más lentas, fueron substituidas por puntos de luz que ascendÃan despacio. Al final, poco antes de hacer yo alto, el Sol rojo e inmenso se quedó inmóvil sobre el horizonte: una amplia cúpula que brillaba con un resplandor empañado, y que sufrÃa de vez en cuando una extinción momentánea. Una vez se reanimó un poco mientras brillaba con más fulgor nuevamente, pero recobró en seguida su rojo y sombrÃo resplandor. Comprendà que por aquel aminoramiento de su salida y de su puesta se realizaba la obra de las mareas. La Tierra reposaba con una de sus caras vuelta hacia el Sol, del mismo modo que en nuestra propia época la Luna presenta su cara a la Tierra. Muy cautelosamente, pues recordé mi anterior caÃda de bruces, empecé a invertir el movimiento. Giraron cada vez más despacio las agujas hasta que la de los millares pareció inmovilizarse y la de los dÃas dejó de ser una simple nube sobre su cuadrante. Más despacio aún, hasta que los vagos contornos de una playa desolada se hicieron visibles.