La máquina del tiempo
La máquina del tiempo —Me parece bastante plausible esta noche —dijo—; pero hay que esperar hasta mañana. De dÃa se ven las cosas de distinto modo.
—¿Quieren ustedes ver la auténtica Máquina del Tiempo? —preguntó el Viajero a través del Tiempo.
Y, dicho esto, cogió una lámpara y mostró el camino por el largo y obscuro corredor hacia su laboratorio. Recuerdo vivamente la luz vacilante, la silueta de su extraña y gruesa cabeza, la danza de las sombras, cómo le seguÃamos todos, perplejos pero incrédulos, y cómo allÃ, en el laboratorio, contemplamos una reproducción en gran tamaño de la maquinita que habÃamos visto desvanecerse ante nuestros ojos. TenÃa partes de nÃquel, de marfil, otras que habÃan sido indudablemente limadas o aserradas de un cristal de roca. La máquina estaba casi completa, pero unas barras de cristal retorcido sin terminar estaban colocadas sobre un banco de carpintero, junto a algunos planos; cogà una de aquéllas para examinarla mejor. ParecÃa ser de cuarzo.
—¡Vamos! —dijo el Doctor—. ¿Habla usted completamente en serio? ¿O es esto una burla... como ese fantasma que nos enseñó usted la pasada Navidad?
—Montado en esta máquina —dijo el Viajero a través del Tiempo, levantando la lámpara— me propongo explorar el tiempo. ¿Está claro? No he estado nunca en mi vida más serio.
Ninguno sabÃamos en absoluto cómo tomar aquello.