La máquina del tiempo
La máquina del tiempo El Psicólogo, el Doctor y yo éramos los únicos que habÃamos asistido a la comida anterior. Los otros concurrentes eran Blank, el mencionado Director, cierto periodista, y otro —un hombre tranquilo, tÃmido, con barba— a quien yo no conocÃa y que, por lo que pude observar, no despegó los labios en toda la noche. Se hicieron algunas conjeturas en la mesa sobre la ausencia del Viajero a través del Tiempo, y yo sugerà con humor semijocoso que estarÃa viajando a través del tiempo. El Director del diario quiso que le explicasen aquello, y el Psicólogo le hizo gustoso un relato de «la ingeniosa paradoja y del engaño» de que habÃamos sido testigos dÃas antes. Estaba en la mitad de su exposición cuando la puerta del corredor se abrió lentamente y sin ruido. Estaba yo sentado frente a dicha puerta y fui el primero en verlo.
—¡Hola! —dije—. ¡Por fin!
La puerta se abrió del todo y el Viajero a través del Tiempo se presentó ante nosotros. Lancé un grito de sorpresa.

—¡Cielo santo! ¿Qué pasa amigo? —exclamó el Doctor, que lo vio después. Y todos los presentes se volvieron hacia la puerta.