La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Aparecía nuestro anfitrión en un estado asombroso. Su chaqueta estaba polvorienta y sucia, manchada de verde en las mangas, y su pelo enmarañado me pareció más gris, ya fuera por el polvo y la suciedad o porque estuviese ahora descolorido. Tenía la cara atrozmente pálida y en su mentón un corte obscuro, a medio cicatrizar; su expresión era ansiosa y descompuesta como por un intenso sufrimiento. Durante un instante vaciló en el umbral, como si le cegase la luz. Luego entró en la habitación. Vi que andaba exactamente como un cojo que tiene los pies doloridos de vagabundear. Le mirábamos en silencio, esperando a que hablase.
No dijo una palabra, pero se acercó penosamente a la mesa e hizo un ademán hacia el vino. El Director del diario llenó una copa de champaña y la empujó hacia él. La vació, pareciendo sentirse mejor. Miró a su alrededor, y la sombra de su antigua sonrisa fluctuó sobre su rostro.
—¿Qué ha estado usted haciendo bajo tierra, amigo mío? —dijo el Doctor.
El Viajero a través del Tiempo no pareció oír.
—Permítame que le interrumpa —dijo, con vacilante pronunciación—. Estoy muy bien.
Se detuvo, tendió su copa para que la llenasen de nuevo, y cogiéndola la volvió a vaciar.