La máquina del tiempo
La máquina del tiempo —Esto sienta bien —dijo; sus ojos grises brillaron, y un ligero color afloró a sus mejillas; su mirada revoloteó sobre nuestros rostros con cierta apagada aprobación, luego recorrió el cuarto caliente y confortable, y después habló de nuevo, como buscando su camino entre sus palabras—: Voy a lavarme y a vestirme, y luego bajaré y explicaré las cosas. Guárdenme un poco de ese carnero. Me muero de hambre y quisiera comer algo.
Vio al Director del diario, que rara vez iba a visitarlo, y le preguntó cómo estaba. El Director inició una pregunta.
—Le contestaré en seguida —dijo el Viajero a través del Tiempo—. ¡Estoy... raro! Todo marchará bien dentro de un minuto.
Dejó su copa, y fue hacia la puerta de la escalera. Noté de nuevo su cojera y el pesado ruido de sus pisadas y, levantándome en mi sitio, vi sus pies al salir. No llevaba en ellos más que unos calcetines harapientos y manchados de sangre. Luego la puerta se cerró tras él. Tuve intención de seguirle, pero recordé cuánto le disgustaba que se preocupasen de él. Durante un minuto, quizá, estuve ensimismado. Luego oà decir al Director del diario:
—«Notable conducta de un eminente sabio» —pensando (según solÃa) en epÃgrafes de periódicos; y esto volvió mi atención hacia la brillante mesa.