La máquina del tiempo
La máquina del tiempo —De acuerdo —dijo el Director, y los demás hicimos eco:
—«De acuerdo.»
Y con esto el Viajero a través del Tiempo comenzó su relato tal como lo transcribo a continuación. Se echó hacia atrás en su sillón al principio, y habló como un hombre rendido. Después se mostró más animado. Al poner esto por escrito siento tan sólo con mucha agudeza la insuficiencia de la pluma y la tinta y, sobre todo, mi propia insuficiencia para expresarlo en su valor. Supongo que lo leerán ustedes con la suficiente atención; pero no pueden ver al pálido narrador ni su franco rostro en el brillante círculo de la lamparita, ni oír el tono de su voz. ¡No pueden ustedes conocer cómo su expresión seguía las fases de su relato! Muchos de sus oyentes estábamos en la sombra, pues las bujías del salón de fumar no habían sido encendidas, y únicamente estaban iluminadas la cara del Periodista y las piernas del Hombre Silencioso de las rodillas para abajo. Al principio nos mirábamos de vez en cuando unos a otros. Pasado un rato dejamos de hacerlo, y contemplamos tan sólo el rostro del Viajero a través del Tiempo.