La máquina del tiempo
La máquina del tiempo —Creo que debo disculparme —dijo—. Estaba simplemente muerto de hambre. He pasado una temporada asombrosa.
Alargó la mano para coger un cigarro, y le cortó la punta.
—Pero vengan al salón de fumar. Es un relato demasiado largo para contarlo entre platos grasientos.
Y tocando el timbre al pasar, nos condujo a la habitación contigua.
—¿Ha hablado usted a Blank, a Dash y a Chose de la máquina? —me preguntó, echándose hacia atrás en su sillón y nombrando a los tres nuevos invitados.
—Pero la máquina es una simple paradoja —dijo el Director del diario.
—No puedo discutir esta noche. No tengo inconveniente en contarles la aventura, pero no puedo discutirla. Quiero —continuó— relatarles lo que me ha sucedido, si les parece, pero deberán abstenerse de hacer interrupciones. Necesito contar esto. De mala manera. Gran parte de mi relato les sonará a falso. ¡Sea! Es cierto (palabra por palabra) a pesar de todo. Estaba yo en mi laboratorio a las cuatro, y desde entonces... He vivido ocho dÃas..., ¡unos dÃas tales como ningún ser humano los ha vivido nunca antes! Estoy casi agotado, pero no dormiré hasta que les haya contado esto a ustedes. Entonces me iré a acostar. Pero ¡nada de interrupciones! ¿De acuerdo?