La máquina del tiempo
La máquina del tiempo El riesgo especial estaba en la posibilidad de encontrarme alguna substancia en el espacio que yo o la máquina ocupábamos. Mientras viajaba a una gran velocidad a través del tiempo, esto importaba poco: el peligro estaba, por decirlo asÃ, atenuado, ¡deslizándome como un vapor a través de los intersticios de las substancias intermedias! Pero llegar a detenerme entrañaba el aplastamiento de mà mismo, molécula por molécula, contra lo que se hallase en mi ruta; significaba poner a mis átomos en tan Ãntimo contacto con los del obstáculo, que una profunda reacción quÃmica —tal vez una explosión de gran alcance— se producirÃa, lanzándonos a mà y a mi aparato fuera de todas las dimensiones posibles... en lo Desconocido. Esta posibilidad se me habÃa ocurrido muchas veces mientras estaba construyendo la máquina; pero entonces la habÃa yo aceptado alegremente, como un riesgo inevitable, ¡uno de esos riesgos que un hombre tiene que admitir! Ahora que el riesgo era inevitable, ya no lo consideraba bajo la misma alegre luz. El hecho es que, insensiblemente, la absoluta rareza de todo aquello, la débil sacudida y el bamboleo de la máquina, y sobre todo la sensación de caÃda prolongada, habÃan alterado por completo mis nervios. Me dije a mà mismo que no podrÃa detenerme nunca, y en un acceso de enojo decidà pararme inmediatamente. Como un loco impaciente, tiré de la palanca y acto seguido el aparato se tambaleó y salà despedido de cabeza por el aire.