La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Hubo un ruido retumbante de trueno en mis oÃdos. Debà quedarme aturdido un momento. Un despiadado granizo silbaba a mi alrededor, y me encontré sentado sobre una blanda hierba, frente a la máquina volcada. Todo. me pareció gris todavÃa, pero pronto observé que el confuso ruido en mis oÃdos habÃa desaparecido. Miré en derredor. Estaba sobre lo que parecÃa ser un pequeño prado de un jardÃn, rodeado de macizos de rododendros; y observé que sus flores malva y púrpura caÃan como una lluvia bajo el golpeteo de las piedras de granizo. La rebotante y danzarina granizada caÃa en una nubecilla sobre la máquina, y se morÃa a lo largo de la tierra como una humareda. En un momento me encontré calado hasta los huesos.
—«Bonita hospitalidad —dije— con un hombre que ha viajado innumerables años para veros.»
Pronto pensé que era estúpido dejarse empapar. Me levanté y miré a mi alrededor. Una figura colosal, esculpida al parecer en una piedra blanca, aparecÃa confusamente más allá de los rododendros, a través del aguacero brumoso. Pero todo el resto del Mundo era invisible.
