La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Ya veÃa yo otras amplias formas: enormes edificios con intricados parapetos y altas columnas, entre una colina obscuramente arbolada que llegaba hasta mà a través de la tormenta encalmada. Me sentà presa de un terror pánico. Volvà frenéticamente hacia la Máquina del Tiempo, y me esforcé penosamente en reajustarla. Mientras lo intentaba los rayos del Sol traspasaron la tronada. El gris aguacero habÃa pasado y se desvaneció como las vestiduras arrastradas por un fantasma. Encima de mÃ, en el azul intenso del cielo estival, jirones obscuros y ligeros de nubes remolineaban en la nada. Los grandes edificios a mi alrededor se elevaban claros y nÃtidos, brillantes con la lluvia de la tormenta, y resultando blancos por las piedras de granizo sin derretir, amontonadas a lo largo de sus hiladas. Me sentÃa desnudo en un extraño Mundo. Experimenté lo que quizá experimenta un pájaro en el aire claro, cuando sabe que el gavilán vuela y quiere precipitarse sobre él. Mi pavor se tornaba frenético. Hice una larga aspiración, apreté los dientes, y luché de nuevo furiosamente, empleando las muñecas y las rodillas, con la máquina. Cedió bajo mi desesperado esfuerzo y retrocedió. Golpeó violentamente mi barbilla. Con una mano sobre el asiento y la otra sobre la palanca permanecà jadeando penosamente en actitud de montarme de nuevo.