La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Pero con la esperanza de una pronta retirada recobré mi valor. Miré con más curiosidad y menos temor aquel Mundo del remoto futuro. Por una abertura circular, muy alta en el muro del edificio más cercano, divisé un grupo de figuras vestidas con ricos y suaves ropajes. Me habÃan visto, y sus caras estaban vueltas hacia mÃ.
Oà entonces voces que se acercaban. Viniendo a través de los macizos que crecÃan junto a la Esfinge Blanca, veÃa las cabezas y los hombros de unos seres corriendo. Uno de ellos surgió de una senda que conducÃa directamente al pequeño prado en el cual permanecÃa con mi máquina. Era una ligera criatura —de una estatura quizá de cuatro pies— vestida con una túnica púrpura, ceñida al talle por un cinturón de cuero. Unas sandalias o coturnos —no pude distinguir claramente lo que eran— calzaban sus pies; sus piernas estaban desnudas hasta las rodillas, y su cabeza al aire. Al observar esto, me di cuenta por primera vez de lo cálido que era el aire.
Me impresionaron la belleza y la gracia de aquel ser, aunque me chocó también su fragilidad indescriptible. Su cara sonrosada me recordó mucho la clase de belleza de los tÃsicos, esa belleza hética de la que tanto hemos oÃdo hablar. Al verle recobré de pronto la confianza. Aparté mis manos de la máquina.