La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Y ahora ya les he hablado a ustedes bastante de mi alimentación frugÃvora en el lejano futuro. Tan pronto como calmé un poco mi apetito, decidà hacer una enérgica tentativa para aprender el lenguaje de aquellos nuevos compañeros mÃos. Era, evidentemente, lo primero que debÃa hacer. Las frutas parecÃan una cosa adecuada para iniciar aquel aprendizaje, y cogiendo una la levanté esbozando una serie de sonidos y de gestos interrogativos. Tuve una gran dificultad en dar a entender mi propósito. Al principio mis intentos tropezaron con unas miradas fijas de sorpresa o con risas inextinguibles, pero pronto una criatura de cabellos rubios pareció captar mi intención y repitió un nombre. Ellos charlaron y se explicaron largamente la cuestión unos a otros, y mis primeras tentativas de imitar los exquisitos y suaves sonidos de su lenguaje produjeron una enorme e ingenua, ya que no cortés, diversión. Sin embargo, me sentà un maestro de escuela rodeado de niños, insistÃ, y conté con una veintena de nombres substantivos, por lo menos, a mi disposición; luego llegué a los pronombres demostrativos e incluso al verbo «comer». Pero era una tarea lenta, y aquellos pequeños seres se cansaron pronto y quisieron huir de mis interrogaciones, por lo cual decidÃ, más bien por necesidad, dejar que impartiesen sus lecciones en pequeñas dosis cuando se sintieran inclinados a ello. Y en me di cuenta de que tenÃa que ser en dosis muy pequeñas, pues jamás he visto gente más indolente ni que se cansase con mayor facilidad.