La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Y quizá la cosa que me chocó más fue su aspecto ruinoso. Los cristales de color, que mostraban un solo modelo geométrico, estaban rotos en muchos sitios y las cortinas que colgaban sobre el extremo inferior aparecÃan cubiertas de polvo. Y mi mirada descubrió que la esquina de la mesa de mármol, cercana a mÃ, estaba rota. No obstante lo cual, el efecto general era de suma suntuosidad y muy pintoresco. HabÃa allÃ, quizá, un par de centenares de personas comiendo en el vestÃbulo; y muchas de ellas, sentadas tan cerca de mà como podÃan, me contemplaban con interés, brillándoles los ojillos sobre el fruto que comÃan. Todas estaban vestidas con la misma tela suave, sedeña y, sin embargo, fuerte.
La fruta, dicho sea de paso, constituÃa todo su régimen alimenticio. Aquella gente del remoto futuro era estrictamente vegetariana, y mientras estuve con ella, pese a algunos deseos carnÃvoros, tuve que ser frugÃvoro. Realmente, vi después que los caballos, el ganado, las ovejas, los perros, habÃan seguido al ictiosaurio en su extinción. Pero las frutas eran en verdad deliciosas; una en particular, que pareció estar en sazón durante todo el tiempo que permanecà allà —una fruta harinosa de envoltura triangular—, era especialmente sabrosa, e hice de ella mi alimento habitual. Al principio me desconcertaban todas aquellas extrañas frutas, y las flores raras que veÃa, pero después empecé a comprender su importancia.