La máquina del tiempo

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La enorme puerta daba a un vestíbulo relativamente grande, tapizado de obscuro. El techo estaba en la sombra, y las ventanas, guarnecidas en parte de cristales de colores y en parte desprovistas de ellos, dejaban pasar una luz suave. El suelo estaba hecho de inmensos bloques de un metal muy duro, no de planchas ni de losas; pensé que debía estar tan desgastado por el ir y venir de pasadas generaciones, debido a los hondos surcos que había a lo largo de los caminos más frecuentados. Transversalmente a su longitud había innumerables mesas hechas de losas de piedra pulimentada, elevadas, quizá, un pie del suelo, y sobre ellas montones de frutas. Reconocí algunas como una especie de frambuesas y naranjas hipertrofiadas, pero la mayoría eran muy raras.

Entre las mesas había esparcidos numerosos cojines. Mis guías se sentaron sobre ellos, indicándome que hiciese otro tanto. Con una grata ausencia de ceremonia comenzaron a comer las frutas con sus manos, arrojando las pieles, las pepitas y lo demás, dentro de unas aberturas redondas que había a los lados de las mesas. Estaba yo dispuesto a seguir su ejemplo, pues me sentía sediento y hambriento. Mientras lo hacía, observé el vestíbulo con todo sosiego.



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