La máquina del tiempo
La máquina del tiempo El edificio tenÃa una enorme entrada y era todo él de colosales dimensiones. Estaba yo naturalmente muy ocupado por la creciente multitud de gentes menudas y por las grandes puertas que se abrÃan ante mà sombrÃas y misteriosas. Mi impresión general del Mundo que veÃa sobre sus cabezas era la de un confuso derroche de hermosos arbustos y de flores, de un jardÃn largo tiempo descuidado y, sin embargo, sin malas hierbas. Divisé un gran número de extrañas flores blancas, de altos tallos, que medÃan quizá un pie en sus pétalos de cera extendidos. CrecÃan desperdigadas, silvestres, entre los diversos arbustos, pero, como ya he dicho, no pude examinarlas de cerca en aquel momento. La Máquina del Tiempo quedó abandonada sobre la hierba, entre los rododendros.
El arco de la entrada estaba ricamente esculpido, pero, naturalmente, no pude observar desde muy cerca las esculturas, aunque me pareció vislumbrar indicios de antiguos adornos fenicios al pasar y me sorprendió que estuvieran muy rotos y deteriorados por el tiempo. Vinieron a mi encuentro en la puerta varios seres brillantemente ataviados, entramos, yo vestido con deslucidas ropas del siglo XIX, de aspecto bastante grotesco, enguirnaldado de flores, y rodeado de una remolineante masa de vestidos alegres y suavemente coloridos y de miembros tersos y blancos en un melodioso corro de risas y de alegres palabras.
