La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Incliné la cabeza, señalando hacia el Sol, e interpreté tan gráficamente un trueno, que los hice estremecer. Se apartaron todos un paso o más y se inclinaron. Entonces uno de ellos avanzó riendo hacia mÃ, llevando una guirnalda de bellas flores, que me eran desconocidas por completo, y me la puso al cuello. La idea fue acogida con un melodioso aplauso; y pronto todos empezaron a correr de una parte a otra cogiendo flores; y, riendo, me las arrojaban hasta que estuve casi asfixiado bajo el amontonamiento. Ustedes que no han visto nunca nada parecido, apenas podrán figurarse qué flores delicadas y maravillosas han creado innumerables años de cultura. Después, uno de ellos sugirió que su juguete debÃa ser exhibido en el edificio más próximo y asà me llevaron más allá de la esfinge de mármol blanco, que parecÃa haber estado mirándome entretanto con una sonrisa ante mi asombro, hacia un amplio edificio gris de piedra desgastada. Mientras iba con ellos, volvió a mi mente con irresistible júbilo el recuerdo de mis confiadas anticipaciones de una posteridad hondamente seria e intelectual.