La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Bajo las nuevas condiciones de bienestar y de seguridad perfectos, esa bulliciosa energÃa, que es nuestra fuerza, llegarÃa a ser debilidad. Hasta en nuestro tiempo ciertas inclinaciones y deseos, en otro tiempo necesarios para sobrevivir, son un constante origen de fracaso. La valentÃa fÃsica y el amor al combate, por ejemplo, no representan una gran ayuda —pueden incluso ser obstáculos— para el hombre civilizado. Y en un estado de equilibrio fÃsico y de seguridad, la potencia, tanto intelectual como fÃsica, estarÃa fuera de lugar. Pensé que durante incontables años no habÃa habido peligro alguno de guerra o de violencia aislada, ningún peligro de fieras, ninguna enfermedad agotadora que haya requerido una constitución vigorosa, ni necesitado un trabajo asiduo. Para una vida tal, los que llamarÃamos débiles se hallan tan bien pertrechados como los fuertes, no son realmente débiles. Mejor pertrechados en realidad, pues los fuertes estarÃan gastados por una energÃa para la cual no hay salida. Era indudable que la exquisita belleza de los edificios que yo veÃa era el resultado de las últimas agitaciones de la energÃa ahora sin fin determinado de la Humanidad, antes de haberse asentado en la perfecta armonÃa con las condiciones bajo las cuales vivÃa: el florecimiento de ese triunfo que fue el comienzo de la última gran paz. Esta ha sido siempre la suerte de la energÃa en seguridad; se consagra al arte y al erotismo, y luego vienen la languidez y la decadencia.