La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Cuando llegué a la pradera mis peores temores se realizaron. No se veÃa el menor rastro de la máquina. Me sentà desfallecido y helado cuando estuve frente al espacio vacÃo, entre la negra maraña de los arbustos. Corrà furiosamente alrededor, como si la máquina pudiera estar oculta en algún rincón, y luego me detuve en seco, agarrándome el pelo con las manos. Por encima de mà descollaba la esfinge, sobre su pedestal de bronce, blanca, brillante, leprosa, bajo la luz de la Luna que ascendÃa. ParecÃa reÃrse burlonamente de mi congoja.
Pude haberme consolado a mà mismo imaginando que los pequeños seres habÃan llevado por mà el aparato a algún refugio, de no haber tenido la seguridad de su incapacidad fÃsica e intelectual. Esto era lo que me acongojaba: la sensación de algún poder insospechado hasta entonces, por cuya intervención mi invento habÃa desaparecido. Sin embargo, estaba seguro de una cosa: salvo que alguna otra época hubiera construido un duplicado exacto, la máquina no podÃa haberse movido a través del tiempo. Las conexiones de las palancas —les mostraré después el sistema— impiden que, una vez quitadas, nadie pueda ponerla en movimiento de ninguna manera. HabÃa sido transportada y escondida solamente en el espacio. Pero, entonces, ¿dónde podÃa estar?