La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Creo que debà ser presa de una especie de frenesÃ. Recuerdo haber recorrido violentamente por dentro y por fuera, a la luz de la Luna, todos los arbustos que rodeaban a la esfinge, y asustado en la incierta claridad a algún animal blanco al que tomé por un cervatillo.
Recuerdo también, ya muy avanzada la noche, haber aporreado las matas con mis puños cerrados hasta que mis articulaciones quedaron heridas y sangrantes por las ramas partidas. Luego, sollozando y delirando en mi angustia de espÃritu, descendà hasta el gran edificio de piedra. El enorme vestÃbulo estaba obscuro, silencioso y desierto. Resbalé sobre un suelo desigual y caà encima de una de las mesas de malaquita, casi rompiéndome la espinilla. Encendà una cerilla y penetré al otro lado de las cortinas polvorientas de las que les he hablado.

Allà encontré un segundo gran vestÃbulo cubierto de cojines, sobre los cuales dormÃan, quizá, una veintena de aquellos pequeños seres. Estoy seguro de que encontraron mi segunda aparición bastante extraña, surgiendo repentinamente de la tranquila obscuridad con ruidos inarticulados y el chasquido y la llama de una cerilla. Porque ellos habÃan olvidado lo que eran las cerillas.
—«¿Dónde está mi Máquina del Tiempo? —comencé, chillando como un niño furioso, asiéndolos y sacudiéndolos a un tiempo.»