La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Bruscamente tiré la cerilla, y, chocando con algunos de aquellos seres en mi carrera, crucé otra vez, desatinado, el enorme comedor hasta llegar afuera bajo la luz de la Luna. Oà gritos de terror y sus piececitos corriendo y tropezando aquà y allá. No recuerdo todo lo que hice mientras la Luna ascendÃa por el cielo. Supongo que era la circunstancia inesperada de mi pérdida lo que me enloquecÃa. Me sentÃa desesperanzado, separado de mi propia especie, como un extraño animal en un mundo desconocido. Debà desvariar de un lado para otro, chillando y vociferando contra Dios y el Destino. Recuerdo que sentà una horrible fatiga, mientras la larga noche de desesperación transcurrÃa; que remiré en tal o cual sitio imposible; que anduve a tientas entre las ruinas iluminadas por la Luna y que toqué extrañas criaturas en las negras sombras, y, por último, que me tendà sobre la tierra junto a la esfinge, llorando por mi absoluta desdicha, pues hasta la cólera por haber cometido la locura de abandonar la máquina habÃa desaparecido con mi fuerza. No me quedaba más que mi desgracia. Luego me dormÃ, y cuando desperté otra vez era ya muy de dÃa, y una pareja de gorriones brincaba a mi alrededor sobre la hierba, al alcance de mi mano.