Tono-Bungay

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Resultaba claro que no habría nada para mí en la enseñanza, como en alguna ocasión me había atrevido a esperar; parecía por supuesto que no podría aspirar a nada en el mundo excepto a un mal pagado puesto de ayudante en alguna escuela de ciencias provinciana o en una escuela primaria. Sabía que para ese tipo de trabajo, sin un título o una calificación similar, uno apenas conseguía ganarse la vida, y tenía pocas posibilidades de ascender a algo mejor. ¡Si tan solo tuviera una cantidad tan pequeña como cincuenta libras podría salir de Londres y obtener mi licenciatura en Ciencias, y cuadruplicar mis posibilidades! Mi amargura hacia mi tío volvió ante esos pensamientos. Después de todo, él tenía aún parte de mi dinero, o debía tenerlo. ¿Por qué no actuaba amparándome en mis derechos, amenazándole con «tomar otras medidas»? Medité durante un rato la idea, y luego volví a la Biblioteca de Ciencias y le escribí una larga y no poco cáustica carta.

Esa carta a mi tío fue el nadir de mi fracaso. Sus notables consecuencias, que acabaron completamente con mis días de estudiante, las explicaré en el siguiente capítulo.




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