Tono-Bungay

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Sí, pensé entonces, eso es cierto… Los negocios gobiernan el mundo. ¡La riqueza, antes que los negocios! No había ninguna duda al respecto, como tampoco había ninguna duda acerca de la proposición de mi tío de que la forma más rápida de hacerse rico era vender la cosa más barata posible en el frasco más atractivo. Tenía terriblemente razón en eso. Pecunia non olet…, era un emperador romano quien había dicho eso. Quizá mis grandes héroes en Plutarco no fueron más que hombres así, llevados ahora a la grandeza porque se hallan distantes; quizá después de todo este socialismo al que había sido arrastrado era tan solo un sueño estúpido, estúpido principalmente porque todas sus promesas eran condicionalmente ciertas. Morris y esos otros jugaban con ello a sabiendas; proporcionaba un sabor, un toque de sustancia a sus placeres estéticos. Nunca habría la suficiente buena fe como para llevar tales cosas adelante. Ellos lo sabían; todos excepto unos pocos estúpidos lo sabían. Mientras cruzaba la esquina de St. James’s Park envuelto en mis pensamientos, me eché atrás justo a tiempo para escapar de un par de corveteantes caballos tordos. Una mujer corpulenta y de aspecto vulgar, muy recargadamente vestida, me miró desde el carruaje con ojos desdeñosos.

—Sin duda la esposa de algún vendedor de píldoras… —me dije a mí mismo.


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