Tono-Bungay
Tono-Bungay Al cabo de poco tiempo —al menos así me lo parece ahora— estábamos empleando viajantes y abriendo Gran Bretaña a razón de casi tres kilómetros cuadrados al día. Toda la organización había sido diseñada de una forma burda, enmarañada, semiinspirada, por mi tío, y yo tenía que llevarla a un esquema practicable de cantidades y desembolsos. Tuvimos una infinidad de problemas para encontrar a nuestros viajantes; al final más de la mitad de ellos eran irlandeses americanos, una raza maravillosa para vender medicinas. Tuvimos más problemas aún con el director de nuestra fábrica, debido a los secretos de la habitación interior, y al final encontramos a una mujer muy capaz, mrs. Hampton Diggs, que anteriormente había dirigido un gran taller de sombrerería para damas, en quien podíamos confiar que lo mantendría todo en buen orden de trabajo sin que descubriera nada que no le fuera puesto exactamente debajo de su leal y enérgica nariz. Adquirió un alto concepto del Tono-Bungay, y lo estuvo tomando bajo todas sus formas y en grandes cantidades durante todo el tiempo que la conocí. No pareció hacerle ningún daño. Y mantuvo a las chicas trabajando de una forma maravillosa.
Lo último que añadió mi tío al grupo del Tono-Bungay fue el Tono-Bungay Enjuagaboca. El lector habrá leído probablemente un centenar de veces al menos esa inspiradora pregunta: «Es usted joven todavía, pero ¿está seguro de que Nada ha envejecido sus encías?».